31 de diciembre de 2015

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La brújula ha perdido el norte, el reloj no marca la hora. El corazón se ha quedado vacío de un bostezo. 

Paso a paso, la carretera me marca un camino de un único sentido. A cada kilómetro que mis ojos descubren, mi corazón va sintiendo cosas nuevas, va llenando los huecos que el pasado ha dejado al evaporarse.

Es un viaje en el que hace tiempo que tiré el mapa y deseché las presunciones. Lentamente, no sólo estoy descubriendo el mundo, sino a mí misma. No sabía que dormir al raso pudiera ser tan reconfortante pese al frío, ni que las estrellas pudieran brillar con tanta fuerza en un sitio que no fuera mi hogar. 

A veces, en silencio, dibujo líneas imaginarias entre ellas, intentando en vano identificar las distintas constelaciones. Nunca lo consigo, pero siempre encuentro algo nuevo en ellas. Pienso, egoístamente, que cambian por y para mí. Todas las noches me enseñan algo distinto para que pueda aprender, con ellas, a renovarme cada día.

Admito que la tentación de mirar hacia atrás es fuerte. Admito también que, quizás, la brújula no haya perdido el norte, sino que te señale a ti. Por ello, prefiero pensar que simplemente está rota, como yo. Pero no te preocupes, el tiempo lo cura todo. Ambas nos curaremos y, entonces, coincidiremos en que hemos encontrado nuestro norte. Mientras tanto, seguiré mirando a las estrellas cada vez que necesite consuelo, pisando nuevos lugares que me hagan crecer, imaginando los distintos finales que pueda tener esta aventura.