31 de julio de 2016

06

Su mano, débil, se aferra a la mía. A pesar de la poca fuerza que queda en el cuerpo de la anciana mujer, siento que no me soltaría por nada del mundo en este momento. Soy su anclaje con la poca realidad que sus ojos entrecerrados son capaces de captar. Nunca he visto la muerte tan de cerca, nunca he visto a nadie a punto de fallecer. Ella parece intranquila, pero sé que no es por la cercanía de la guadaña.

—Ayer era martes, Ana —me susurra, sin despegar la mirada del techo.

—No, Reme, ayer fue sábado. Te traje telas del mercado, ¿Recuerdas? Una era de algodón, azul turquesa, otra era de lino... —Mi voz suena con más serenidad de la que siento. No entiendo porqué la corrijo, porqué le digo que ayer no fue martes. Es una tontería corregirla ahora.

—Ayer era martes. Manuel venía de la ciudad todos los martes. Os traía caramelos, y yo os veía desde mi ventana correr hacia él. Siempre que te veía, me preguntaba si habría sido algún día capaz de quererte.