26 de mayo de 2016

05

Es demasiado tarde para que esté aquí, sentada en medio de la carretera. La carretera es uno de esos lugares donde nadie se suele sentar, no al menos por voluntad propia. Quizás es justo ese sentimiento de lo prohibido lo que me ha atraído hasta aquí. Sonrío, tumbándome bajo el manto de un cielo que supongo estrellado, pero que las luces de las farolas no me permiten ver. Las estrellas no existen en las ciudades, son sólo leyendas. Me siento tan tranquila que creo que podría tocarlas a ciegas. Estiro las manos, cierro los ojos e imagino que las puntas de las estrellas me rozan en los dedos. Son cálidas y a la vez frías, son como un corazón cansado, pero esperanzado. Están ahí, tranquilas, a veces ignoradas y a veces admiradas.

Al abrir los ojos, enfoco la mirada en el semáforo en rojo, que ahora mismo no está deteniendo a ningún coche. ¿No es acaso una especie de grito en el desierto? Me siento por un momento identificada con un semáforo, lo cual es un poco delirante. Yo también he gritado sin ser escuchada. Nadie ha visto las heridas que me has hecho, nadie tiene porqué verlas. Es mejor así, son mías.

Saco entonces la brújula que no marca el norte de mi bolsillo, la sitúo sobre mi rostro para ver la aguja girar sin ton ni son. ¿Algún día se detendrá? Sigue tan perdida como mi estrellado y cansado corazón. Suspiro y dejo la brújula en la carretera. Va siendo hora de que encuentre un nuevo dueño o dueña… O de que acabe aplastada. Necesita un destino nuevo, alguien que sepa lo que quiere.


Me levanto, recojo mi mochila y me marcho, dejando como único recuerdo de mi presencia una brújula que no para quieta. Una brújula que, en realidad, señala hacia el pasado.